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Trump devastado. Perdió el control político |
06/11/2026
Por años, Donald Trump construyó una imagen de fuerza inquebrantable. Desde la Casa Blanca desafió adversarios, ridiculizó opositores, confrontó instituciones y convirtió a la prensa en uno de sus blancos favoritos. Gobernó como si el poder fuera permanente y como si las consecuencias nunca fueran a alcanzarlo. Pero la política, tarde o temprano, siempre presenta la factura.
Esta semana empezó a cobrarla.
Mientras aún ocupa la Presidencia de Estados Unidos, Trump comienza a experimentar algo que durante mucho tiempo pareció imposible: la pérdida real del control político. No llegó mediante una rebelión palaciega ni por una derrota militar. Llegó por la vía más democrática de todas: las urnas.
Y el golpe fue demoledor.
Tan contundente fue la derrota republicana que buena parte de los medios estadounidenses, aquellos a los que Trump calificó durante años como "enemigos del pueblo", decidieron concentrar su cobertura en lo verdaderamente noticioso de la jornada: la aplastante victoria demócrata. La conferencia convocada por el mandatario pasó a segundo plano mientras las cadenas y agencias internacionales dedicaban sus espacios al histórico vuelco electoral.
Los números hablan por sí mismos.
Los demócratas recuperaron simultáneamente la Cámara de Representantes y el Senado. Más de 250 escaños en la Cámara Baja les otorgaron su mayor mayoría en casi veinte años, una dimensión de poder legislativo no vista desde los tiempos del triunfo de Barack Obama en 2008.
La noche avanzó y los símbolos comenzaron a caer uno tras otro.
Texas, considerado durante décadas un bastión republicano, se convirtió en escenario de algunas de las derrotas más dolorosas para el trumpismo.
James Talarico derrotó ampliamente a Ken Paxton, uno de los candidatos más estrechamente vinculados al expresidente. No fue una victoria cualquiera. Fue una declaración política.
A la misma hora, Gina Hinojosa lograba otro triunfo histórico en suelo texano, alimentando una idea que hasta hace poco parecía impensable: la posibilidad real de un Texas cada vez más azul.
Después llegó Kansas.
Adam Hamilton se convirtió en el primer demócrata electo para la Cámara Alta por ese estado en 94 años. Noventa y cuatro años. Una cifra que por sí sola explica la magnitud del terremoto político.
Luego Ohio rompió otra barrera al elegir a su primer senador demócrata desde 2008.
Michigan no se quedó atrás. Abdul El-Sayed consiguió una cerrada victoria y se convirtió en el primer musulmán elegido al Senado por ese estado.
Mientras tanto, los republicanos observaban cómo cada actualización electoral empeoraba el panorama.
La transformación del mapa político tuvo un protagonista inesperado: el voto latino. Desde California hasta Texas, pasando por Colorado y Kansas, millones de hispanos regresaron masivamente al Partido Demócrata.
El giro fue particularmente contundente entre los votantes sin estudios universitarios, segmento que se desplazó más de treinta puntos hacia los demócratas.
El mensaje fue inequívoco.
Muchos de los mismos votantes que años atrás habían respaldado a Trump ahora le retiraban su apoyo, cansados del aumento en el costo de vida, de la incertidumbre económica y de políticas que consideraron alejadas de sus necesidades cotidianas.
Los analistas de The New York Times describieron incluso el ambiente de pesimismo dentro de la propia estructura republicana días antes de la elección.
Estrategas cercanos a Trump intercambiaban bromas oscuras sobre derrotas, indultos, funerales políticos e incluso hipotéticas salidas del país. Lo que parecía humor negro terminó convirtiéndose en una premonición.
Ni siquiera las victorias republicanas ofrecieron consuelo.
En Florida, uno de los territorios más conservadores del país, Byron Donalds ganó la gubernatura con apenas 1.5 por ciento de ventaja.
El dato resulta devastador cuando se compara con los cerca de veinte puntos de diferencia obtenidos por Ron DeSantis años atrás.
Los republicanos conservaron posiciones, sí, pero claramente debilitados.
La lista de malas noticias para Trump siguió creciendo.
En el estado de Washington prosperó un impuesto a los multimillonarios.
En Alaska, la demócrata Mary Peltola se perfila hacia la victoria.
En Carolina del Norte y Texas, los candidatos demócratas al Senado obtuvieron más votos anticipados que todos los sufragios acumulados posteriormente por sus adversarios republicanos.
Y mientras los resultados se acumulaban, también comenzaban a escucharse los primeros ecos de lo que podría venir después.
Los líderes demócratas ya anunciaron que impulsarán investigaciones sobre el presidente, sus colaboradores, miembros de su familia y diversos aspectos de su administración.
También anticiparon revisiones sobre el manejo de recursos públicos y sobre la política exterior, particularmente en Medio Oriente.
La derrota electoral, por tanto, no es el final de la historia.
Podría ser apenas el comienzo.
Tan intenso es el ruido político que incluso comenzaron a circular versiones sobre una eventual salida del secretario de Estado, Marco Rubio.
El funcionario salió rápidamente a desmentirlas y afirmó que su intención sigue siendo concluir su trabajo junto al presidente hasta el final del mandato.
Sin embargo, el surgimiento mismo de esos rumores refleja el ambiente de incertidumbre que empieza a instalarse en Washington.
Otro de los grandes damnificados es Elon Musk.
El multimillonario invirtió más de 200 millones de dólares para tratar de impedir el ascenso de James Talarico en Texas.
El resultado fue exactamente el contrario al esperado. El dinero no alcanzó para cambiar el sentido del voto.
Donald Trump aún se encuentra en la Casa Blanca.
Todavía conserva el poder ejecutivo.
Pero ya no posee el aura de invulnerabilidad que cultivó durante años.
Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que se presentaba como indestructible observa cómo se desmoronan algunas de las principales columnas de su proyecto político.
El neoyorquino que se creyó invencible descubre hoy una verdad elemental que la democracia suele recordar periódicamente a quienes se embriagan con el poder: nadie es eterno.
Trump sigue siendo presidente.
Pero esta semana aprendió que es de carne y hueso.
EAB_ELYA@YAHOO.COM.MX REPORTAJESMETROPOLITANOS@GMAIL.COM |
Por ELVIA ANDRADE BARAJASCon victorias históricas, impensables hace apenas unos meses, los demócratas sacudieron a Estados Unidos, el poderoso vecino del norte, donde las elecciones de medio mandato cambiaron el tablero político del país e internacional, al dar el triunfo a James Talarico en Texas, la derrota al poderoso gobernador texano Greg Abbott a manos de Gina Hinojosa, al elegir a la primera gobernadora afroamericana del país en Georgia, el histórico ascenso de Deb Haaland como primera gobernadora nativa americana y la sorpresiva victoria del cantante tejano Bobby Pulido, recuperando el control del Senado y avanzando con fuerza en la Cámara de Representantes, como un contundente voto de castigo contra la presidencia del controvertido Donald Trump. |